Nació en una familia humilde del nordeste brasileño, trabajó desde chico y perdió un dedo en una fábrica antes de convertirse en líder sindical. Conoció las derrotas electorales, la cárcel y el regreso a la política. A los 80 años, Luiz Inácio Lula da Silva vuelve a escribir una página inédita en la democracia brasileña: gobernará el país por cuarta vez.
Hay historias políticas que parecen terminar mucho antes de que sus protagonistas estén dispuestos a abandonar la pelea. La de Luiz Inácio Lula da Silva es una de ellas. Su vida atraviesa la pobreza, el trabajo industrial, las luchas sindicales, las derrotas electorales, la prisión y un regreso al poder que pocos hubieran imaginado cuando comenzó su carrera política.
Este domingo 25 de octubre, Brasil volvió a elegirlo presidente. Con el 51,76 % de los votos frente al 48,24 % de Flávio Bolsonaro, Lula consiguió una remontada histórica después de haber quedado detrás de su adversario en la primera vuelta. No solamente ganó una elección: revirtió un escenario que parecía favorable a la derecha y se convirtió en el primer presidente brasileño elegido cuatro veces por voto directo.
La victoria tiene una dimensión personal, pero también política. En una América Latina donde las fuerzas conservadoras ganaron terreno, Lula consiguió sostener una alternativa progresista en la principal economía de la región.
Su historia ayuda a entender por qué.
El chico que conoció el hambre antes que la política
Luiz Inácio da Silva nació el 27 de octubre de 1945 en el estado de Pernambuco, en el nordeste de Brasil. Creció en una familia humilde, en una región marcada por las privaciones y la falta de oportunidades.
La necesidad económica condicionó su infancia. Cuando todavía era chico, su familia se trasladó hacia São Paulo en busca de mejores condiciones de vida. Como tantos brasileños que abandonaron el interior para encontrar trabajo en los grandes centros urbanos, Lula conoció desde temprano el esfuerzo cotidiano de quienes deben ganarse el sustento.
Vendió productos en la calle, trabajó como limpiabotas y, siendo adolescente, ingresó en el sector industrial. La escuela quedó relegada frente a la necesidad de trabajar.
A los 14 años consiguió empleo en una fábrica de tornillos. Más tarde se formó como tornero mecánico y comenzó a trabajar en la industria metalúrgica.
En 1964 sufrió un accidente laboral que le provocó la pérdida del dedo meñique de la mano izquierda mientras operaba una prensa hidráulica.
Aquel episodio formó parte de una realidad conocida por miles de trabajadores: jornadas exigentes, riesgos laborales y una vida condicionada por la necesidad de conservar el empleo.
Lula todavía no era el dirigente político que conocería el mundo. Era un trabajador que empezaba a descubrir las desigualdades de una sociedad profundamente dividida.

De las fábricas a las calles: el nacimiento de un dirigente
La política llegó a su vida a través del movimiento sindical.
En la década de 1970, Lula comenzó a destacarse entre los trabajadores metalúrgicos de São Bernardo do Campo, en el cinturón industrial de São Paulo. En 1975 asumió la presidencia del sindicato y pasó a representar a decenas de miles de trabajadores.
Brasil estaba gobernado por una dictadura militar. Las huelgas y las protestas sindicales se convirtieron en espacios de confrontación con el régimen y de reivindicación de mejores salarios y condiciones laborales.
Lula adquirió notoriedad por su capacidad para movilizar a los trabajadores y negociar con los empresarios. Su liderazgo creció en un contexto en el que la organización sindical representaba una de las principales expresiones de resistencia social.
En 1980 participó en la fundación del Partido de los Trabajadores (PT), una organización que buscaba reunir a sindicalistas, movimientos sociales, intelectuales y sectores de izquierda.
Comenzaba así una transformación extraordinaria: el obrero metalúrgico que había abandonado la escuela para trabajar empezaba a construir un camino hacia la Presidencia de la República.
El recorrido no fue sencillo. Lula perdió las elecciones presidenciales de 1989, 1994 y 1998. Durante años, el poder pareció estar al alcance de su mano, pero siempre terminaba escapándose.
Hasta que llegó 2002.
El día que un trabajador llegó al Palacio del Planalto
La victoria electoral de 2002 convirtió a Lula en el primer presidente obrero de Brasil.
Su llegada al poder representó un acontecimiento político de alcance internacional. Un dirigente formado en las fábricas y en las organizaciones sindicales asumía la conducción de un país con enormes desigualdades sociales, una economía de escala continental y una influencia decisiva en América Latina.
Durante sus dos primeros mandatos, entre 2003 y 2010, su gobierno impulsó programas sociales destinados a combatir el hambre y la pobreza. Bolsa Família se convirtió en una de las principales políticas de transferencia de ingresos para familias vulnerables.
Millones de brasileños accedieron a mejores condiciones de vida, mientras el país ganaba protagonismo en el escenario internacional.
Lula terminó su segundo mandato con una elevada aprobación popular. Para una parte importante de la sociedad brasileña, su gobierno había demostrado que el crecimiento económico podía acompañarse de políticas orientadas a reducir las desigualdades.
Pero su trayectoria también quedó atravesada por los escándalos de corrupción que golpearon al sistema político brasileño y al PT.
La prisión, la caída y el regreso
La historia de Lula tuvo uno de sus capítulos más difíciles cuando fue condenado en causas vinculadas a investigaciones de corrupción y encarcelado en 2018.
Su situación parecía cerrar definitivamente su carrera política. El hombre que había gobernado Brasil durante ocho años quedó apartado de la competencia electoral y pasó a representar una de las figuras más controvertidas de la política nacional.
Sin embargo, el proceso judicial cambió de rumbo.
En 2021, el Supremo Tribunal Federal de Brasil confirmó la anulación de las condenas que le impedían competir electoralmente, después de que se determinaran problemas de competencia judicial y se reconociera la falta de imparcialidad del juez Sergio Moro en uno de los casos.
La decisión le permitió recuperar sus derechos políticos.
Lula volvió a presentarse en 2022 y derrotó al entonces presidente Jair Bolsonaro en una elección extremadamente polarizada.
Su regreso al poder reabrió la disputa entre dos proyectos políticos que desde entonces han marcado buena parte de la vida pública brasileña: el representado por el Partido de los Trabajadores y el movimiento bolsonarista.
La confrontación continuó durante su tercer mandato y volvió a ocupar el centro de la campaña presidencial de 2026.
Una remontada contra los pronósticos
El 4 de octubre, los resultados de la primera vuelta dejaron a Lula en una posición complicada. Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, había conseguido una ventaja que lo colocaba en condiciones favorables para el balotaje.
La campaña entró entonces en una etapa decisiva.
Lula necesitaba ampliar su base electoral, movilizar a quienes no habían votado en la primera vuelta y convencer a sectores que mantenían dudas sobre su gobierno.
La disputa no se limitaba a la continuidad de una administración. También estaba en juego el rumbo político de Brasil y su relación con el resto del mundo.
Finalmente, el resultado dio vuelta el escenario. Lula alcanzó el 51,76 % de los votos y superó a Flávio Bolsonaro, que obtuvo el 48,24 %.
La diferencia confirmó una remontada inédita en la historia de las elecciones presidenciales brasileñas con segunda vuelta: ningún candidato había conseguido ganar el balotaje después de quedar segundo en la primera ronda.
La victoria también mostró que el bolsonarismo conserva una base electoral considerable. Casi la mitad de los votos válidos fueron para su candidato, una señal de la profundidad de la polarización que atraviesa al país.
Lula y el significado de una victoria para América Latina
El triunfo tiene repercusiones que van más allá de Brasil.
En un escenario regional marcado por el avance de fuerzas conservadoras, Lula logró sostener un proyecto político que reivindica las políticas sociales, la participación del Estado y una mayor autonomía frente a las grandes potencias.
Su relación con Donald Trump y las tensiones comerciales entre Washington y Brasilia formaron parte de ese debate.
Lula defendió durante la campaña la soberanía brasileña y rechazó que su país quedara subordinado a los intereses de Estados Unidos.
La posición tiene un significado especial para América Latina, una región históricamente condicionada por las relaciones económicas y políticas con Washington.
Sin embargo, el resultado brasileño no significa que la derecha haya desaparecido del escenario regional. La votación de Flávio Bolsonaro demuestra que el movimiento conserva fuerza y capacidad de movilización.
La disputa continuará dentro de las instituciones, en el Congreso, en las calles y en el debate público.
El desafío de convertir la victoria en resultados
La historia personal de Lula explica una parte de su conexión con los sectores populares, pero no garantiza por sí sola el éxito de su próximo gobierno.
El presidente deberá responder a las preocupaciones relacionadas con el costo de vida, el empleo, el endeudamiento de las familias y la seguridad. También tendrá que negociar con un Congreso en el que la oposición conserva un peso importante.
La expectativa de quienes lo acompañaron está vinculada a la posibilidad de mejorar sus condiciones de vida. Las promesas de ampliar la protección social, fortalecer los derechos laborales y reducir las desigualdades deberán traducirse en resultados concretos.
Al mismo tiempo, la polarización política exige preservar las instituciones democráticas y evitar que las diferencias electorales se conviertan en una crisis permanente de gobernabilidad.
Lula llega a esta nueva etapa con una trayectoria excepcional y una responsabilidad enorme: demostrar que su proyecto todavía puede ofrecer respuestas a una sociedad que cambió desde su primera llegada al poder, en 2003.
Una historia que todavía no terminó
Lula tiene 80 años y está a punto de cumplir 81. Podría elegir el descanso, mirar hacia atrás y recordar una vida que comenzó lejos de los centros de poder.
Pero acaba de ganar otra elección presidencial.
Su recorrido reúne las contradicciones y las transformaciones de Brasil: la pobreza, la industrialización, las luchas sindicales, el regreso de la democracia, la expansión de las políticas sociales, los escándalos políticos y la creciente polarización.
Para sus seguidores, representa la posibilidad de que los sectores populares lleguen a los espacios donde se toman las grandes decisiones. Para sus adversarios, encarna un proyecto que merece ser cuestionado por sus políticas y sus antecedentes.
Lo cierto es que su nombre vuelve a ocupar un lugar central en la historia política brasileña.
El obrero que conoció las dificultades del trabajo industrial, que perdió elecciones, que cayó en desgracia y que regresó a la Presidencia acaba de conseguir una victoria que parecía improbable.
Brasil lo eligió por cuarta vez.
Y América Latina vuelve a mirar hacia Brasil para saber qué puede hacer Lula con una oportunidad que, por su propia historia, sabe que no es eterna.

