Ciudad en guerra con sirena, refugio y cielo oscuro

Colombianos relatan cómo sobreviven bajo las sirenas en Ucrania

Vivir bajo las sirenas en Ucrania se volvió rutina para varios migrantes colombianos y una ucraniana que decidieron quedarse en ese país pese al aumento de los ataques rusos, especialmente tras la ofensiva que dejó decenas de muertos la semana pasada en Kramatorsk y al bombardeo de Priluki, en la región de Chernígov, donde murieron 22 personas, cinco de ellas niños. En medio de esa escalada, tres residentes —Yulia Markelova en Kiev, Natalia Marín, de Cali, e Ianko Peñafort, bogotano de origen ucraniano— contaron cómo organizan su vida entre alarmas, refugios y actividades cotidianas que siguen en pie a pesar de la guerra.

Alarmas que irrumpen en la vida diaria

Markelova, arquitecta que ahora trabaja en marketing para el sector de la construcción, dijo que las alertas aéreas pueden activarse hasta diez veces en un solo día y que en algunas jornadas la amenaza sobre Kiev se extiende casi 21 horas. Explicó que esa frecuencia ha cambiado la forma de protegerse: ya no siempre baja al metro y, en su barrio, el refugio adecuado más cercano queda lejos. Por eso suele resguardarse en el pasillo del apartamento, lejos de las ventanas, aunque reconoce que un impacto directo no deja garantías.

También evita centros comerciales, gasolineras y sitios con mucha gente durante las alertas. Su rutina, dijo, pasó a estar marcada por el cansancio psicológico prolongado. “Es imposible adaptarse completamente a esto, porque no son condiciones normales de vida”, afirmó.

Marín, por su parte, llegó a Ucrania en un viaje por Europa y terminó viviendo allí de manera inesperada. Antes observaba el cielo y veía aves y aviones; ahora, dice, ve drones y explosiones. Las noches son las más difíciles para ella, porque las alarmas y detonaciones interrumpen el sueño y al día siguiente amanece más agotada de lo que se acostó.

Entre conciertos, refugios y trabajo remoto

Peñafort, músico formado en Bogotá, vive en Ucrania y toca con un grupo de raíz andina y latinoamericana. Su actividad artística continúa aun con las alertas: cuando suena una advertencia aérea, el concierto se detiene y los asistentes bajan a refugios subterráneos. Después, si la amenaza termina, el espectáculo sigue. Dos presentaciones han sido aplazadas por la intensidad de los ataques a la capital.

El bogotano, hijo de padre colombiano y madre ucraniana, dice que hablar ucraniano es para él “un acto de resistencia”. También compara lo que vive el país con lo que Colombia enfrentó en las décadas de 1980 y 1990, cuando la violencia urbana atravesaba la vida diaria. Aun así, asegura que piensa volver a Colombia por temporadas.

En Kiev, la vida no se detiene del todo. Hay cafés, restaurantes, bares, teatros y conciertos abiertos, aunque el toque de queda obliga a cerrar temprano y las funciones pueden suspenderse si suena una alarma. Los daños en la infraestructura también complican los desplazamientos y ver a los amigos se convierte en una salida planificada. Muchos recurren a apoyo psicológico o psiquiátrico; otros, como Markelova, combinan psicoterapia, ejercicio, masajes, qigong, meditación y tiempo con animales.

La incertidumbre sobre el futuro pesa igual que los ataques. Markelova dice que su horizonte de planificación es muy corto y que ha aplazado por tiempo indefinido la decisión de tener hijos. Marín extraña a su familia, el clima de Cali y la espontaneidad de la vida en Colombia, pero destaca la resistencia de los ucranianos. “Resilientes, fuertes y valientes”, los describió.

La guerra marcó también el trasfondo de las conversaciones que sostienen quienes decidieron quedarse. Desde Kiev, las alarmas siguen definiendo los horarios de Markelova; en Kramatorsk, el transporte público fue suspendido tras el ataque contra los buses; y en el resto del país la población intenta mantener trabajo, arte y estudio mientras espera la próxima sirena.

Con información de El Tiempo.

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